Un Cisne Celeste
Esto escribi, espero les guste...
Un cisne celeste
Los recuerdos aún lo reviven. Reviven su brillo, su alas color cielo, sus destellos plateados. La visión y su pasar, dejan aún huellas en el agua, marcas en el corazón. Su imagen deja una historia, una historia de dos almas unidas por un amor, que navegaron en él por años. Sus alas los abrigaron en momentos de soledad y alegría, los transporto a los mejores puertos, fue cuna de su amor, lugar de refugio de dos almas que vivieron juntas por años, que compartieron vidas y nostalgias juntos.
Él. Un Caballero que guiaba con su instinto las riendas de aquel cisne. Ella, una Doncella de un castillo sin nombre. Aquél día, Él la encontró, la siguió con su mirada, con su alma, con su ser.
Fue un día especial, de cielos sin nubes, de sol refulgente, en el que Ella se le acercó, lo tomó por la mano y con suavidad subieron al cisne. Un momento especial, un día inolvidable en el corazón de ambos. Él lo recuerda mirando el horizonte y los destellos de sol entre las hojas de árboles desteñidos. Fue un día de revoluciones en la tierra que habitaban. Un día que sellaron sus almas con un beso eterno. Con un beso dejando estelas de luz y suaves sonidos.
Años pasaron de aquel día y Él sentado en esa piedra los mira, los contempla y los añora como si hubieran acontecido ayer. El sol ya alargaba las sombras y Él aún recordaba. Momentos felices. Momentos de desesperación, de incertidumbre compartidos. Todos y cada uno de ellos, acompañaron sus vidas juntos. Pero aún recuerda los amados momentos y el corazón le cruje. Se estremece y los añora de tal forma que no los puede contener. Ansía volverlos a tener. Ansía que el tiempo vuelva atrás. Necesita recuperar esos sentimientos que le brotan como una cascada desde el fondo mismo de su corazón.
Aquel cisne celeste fue testigo. Fue el testigo de la declaración. Allí, sobre sus alas en el frío de la noche, Ella lo dijo. Ella le declaro su amor eterno. Con tono tímido, con incesante deseo y Él, enmudeció. Su cuerpo sintió el corazón de Ella latir y golpear contra Él. Supo entonces que Ella abrió su alma a Él. Supo que él estaba dispuesto. Que Ella era su alma. Las estrellas brillaron como respondiendo a ese momento. El abrazo no detuvo su ansiedad, y los contuvo por un instante eterno. Los unió, y las alas celestes brillantes lo sellaron.
Él sentado aún en esa piedra, con el peso de sus recuerdos que atormentaban y lastimaban su ser. No podía aceparlo. No se sentía capaz de hacerlo. Sentía que no podía con este sentimiento. El amor y la melancolía se le escapaban del cuerpo. La necesitaba. La extrañaba junto a Él. Su incertidumbre y desesperación crecían instante a instante.
Días pasaba junto al río. Sentado siempre sobre esa piedra gris. Esperando. Intentado contener su deseo. Personas lo vieron por mucho tiempo sentado allí, inmóvil e intentaron reanimarlo y sacarlo de su transe. La soledad oprimía y pesaban en su corazón.
Ella ya no estaba y nada era igual. Le pesaba cada día más. Miles de sentimientos corrían por sus venas y lo hacían estallar. Miles de sentimientos que se superponían en su mente. Ella ya no quería estar a su lado, escogió otro sendero. Y Él nada podía hacer por más que hubiera querido intentarlo. El odio nacía y crecía por momentos. Instantes en que la odiaba por lo que había hecho. Su yelmo estaba ajado, lastimado y magullado. Se sentía usado y tirado como un viejo trapo. El odio y el amor se entrelazaban en una lucha sin pausa dentro de él. No soportaba la oscilación, el dolor que el amor y el odio dejaban en él. Pero nada podía hacer, más que seguir soportando, seguir amándola.
Él. Un Caballero que guiaba con su instinto las riendas de aquel cisne. Ella, una Doncella de un castillo sin nombre. Aquél día, Él la encontró, la siguió con su mirada, con su alma, con su ser.
Fue un día especial, de cielos sin nubes, de sol refulgente, en el que Ella se le acercó, lo tomó por la mano y con suavidad subieron al cisne. Un momento especial, un día inolvidable en el corazón de ambos. Él lo recuerda mirando el horizonte y los destellos de sol entre las hojas de árboles desteñidos. Fue un día de revoluciones en la tierra que habitaban. Un día que sellaron sus almas con un beso eterno. Con un beso dejando estelas de luz y suaves sonidos.
Años pasaron de aquel día y Él sentado en esa piedra los mira, los contempla y los añora como si hubieran acontecido ayer. El sol ya alargaba las sombras y Él aún recordaba. Momentos felices. Momentos de desesperación, de incertidumbre compartidos. Todos y cada uno de ellos, acompañaron sus vidas juntos. Pero aún recuerda los amados momentos y el corazón le cruje. Se estremece y los añora de tal forma que no los puede contener. Ansía volverlos a tener. Ansía que el tiempo vuelva atrás. Necesita recuperar esos sentimientos que le brotan como una cascada desde el fondo mismo de su corazón.
Aquel cisne celeste fue testigo. Fue el testigo de la declaración. Allí, sobre sus alas en el frío de la noche, Ella lo dijo. Ella le declaro su amor eterno. Con tono tímido, con incesante deseo y Él, enmudeció. Su cuerpo sintió el corazón de Ella latir y golpear contra Él. Supo entonces que Ella abrió su alma a Él. Supo que él estaba dispuesto. Que Ella era su alma. Las estrellas brillaron como respondiendo a ese momento. El abrazo no detuvo su ansiedad, y los contuvo por un instante eterno. Los unió, y las alas celestes brillantes lo sellaron.
Él sentado aún en esa piedra, con el peso de sus recuerdos que atormentaban y lastimaban su ser. No podía aceparlo. No se sentía capaz de hacerlo. Sentía que no podía con este sentimiento. El amor y la melancolía se le escapaban del cuerpo. La necesitaba. La extrañaba junto a Él. Su incertidumbre y desesperación crecían instante a instante.
Días pasaba junto al río. Sentado siempre sobre esa piedra gris. Esperando. Intentado contener su deseo. Personas lo vieron por mucho tiempo sentado allí, inmóvil e intentaron reanimarlo y sacarlo de su transe. La soledad oprimía y pesaban en su corazón.
Ella ya no estaba y nada era igual. Le pesaba cada día más. Miles de sentimientos corrían por sus venas y lo hacían estallar. Miles de sentimientos que se superponían en su mente. Ella ya no quería estar a su lado, escogió otro sendero. Y Él nada podía hacer por más que hubiera querido intentarlo. El odio nacía y crecía por momentos. Instantes en que la odiaba por lo que había hecho. Su yelmo estaba ajado, lastimado y magullado. Se sentía usado y tirado como un viejo trapo. El odio y el amor se entrelazaban en una lucha sin pausa dentro de él. No soportaba la oscilación, el dolor que el amor y el odio dejaban en él. Pero nada podía hacer, más que seguir soportando, seguir amándola.
Extrañaba su pelo, sus labios, su cara. Extrañaba sus abrazos, sus besos, su cuerpo. Deseaba su alma, esa alma empañada por el tiempo y los espíritus, que no la dejaban ser lo que era. Confiaba en la esencia de Ella, que muchos destruyeron. Que muchos no veían y Él si. Él la quería a Ella de nuevo, a esa esencia que amó años y que hoy no podía amar. Todo a su alcance daría por estar de nuevo y darle a Ella todo su ser, como nunca lo había hecho.
Pero no podía hacer nada. Él estaba solo. Su alma y su corazón ya no le pertenecían, mientras Él, estático allí, desgarraba su vida y la ahogaba en lágrimas de sangre.
Días pasaron hasta que lo vio. Era él. Mientras contemplaba el horizonte como lo hizo por días, sin saber como seguir, entre las luces anaranjadas de otro atardecer, lo vio. Su visión borrosa nublada por sus sentimientos y los reflejos plateados sobre el río, lo confundían, pero no tenia dudas, sus alas celestes eran inconfundibles. Volvieron uno tras otro los recuerdos y las visiones que ahora le mostraban a Ella, montada sobre el cisne. Creyó verla, y a sus cabellos moverse en la brisa de aquél atardecer. Su vestido ondular sobre el agua dorada. El Caballero sintió que la alegría lo invadía y la belleza de Ella volvía sobre él. Su amor quería ofrecer, su vida dejaría por ese amor. Por su belleza. Pero se dio cuenta que solo eran sus ojos borrosos y húmedos los que creaban esa ilusión. Su esperanza creaba espejismos sobre las olas.
El cisne pasó por delante de Él. Capitanes nuevos y desconocidos conducían ahora sus riendas. Cayó la realidad pesada sobre Él.
Fue allí, en ese instante, con esa brisa fría, que se dio cuenta. Lo vio irse, y llevarse con él sus esperanzas. Lo vio dejar una estela en el río y en ese horizonte cada vez más oscuro. Lo perdió de vista. Miró alrededor como hundiéndose en si mismo, con su cuerpo denso. Vio su piedra gris donde había estado por días.
Vio un camino. Sólo y recién ahí, lo vio. No había nadie a su alrededor y su armadura le dolía sobre la piel. El camino era extraño, pedregoso, y sinuoso. Ramas de árboles se interponían sobre la senda. Charcos de lodo lo inundaban, lagrimas que él mismo provocó y que ahora lo rodeaban. Pero al final del trayecto había luz. Una luz muy fuerte que lo llamaba, que le pedían llegar y dejarse tocar.
Fue allí cuando se dio cuenta. Fue allí cuando nada valía más que él mismo. Cuando decidió remendar su armadura y prepararla para la lucha. Mejorarla y hacerla brillar como aquel entonces. Necesitaba fortalecerse. Necesitaba revivir.
Sabía que al final del camino, la iba a encontrar a Ella y le daría el lugar indicado en su corazón. Sabía que iba a encontrar a su alma, sea cual fuere. Fue allí cuando se dio cuenta que tenia que caminar. Que su cuerpo entumecido no podía seguir estancado. Que su vida debía seguir sin Ella. Que estaba solo. Nunca tan solo. Que nadie lo acompañaría. Pero aún la amaba con todo su ser, como nunca creyó hacerlo.
Fue allí cuando comenzó el camino, cuando decidió andar. Sin Ella ni su cisne.
El Caballero a su Doncella que llevará siempre en su corazón.

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